Seguramente usted recuerda a uno de sus maestro, aquel que se afanaba cotidianamente para que el saber entrara en aquellas cabezitas infantiles, donde una de ellas era usted.
Ahora imaginea un marino solicitando ayuda a los reyes para comprar unos barcos grandes que se llamaban: La Pinta, La Niña y la Santa María.
Para él, vivir enojado parecería que fue su mejor pasatiempo. Nada le parecía bien, nada le era bueno. Según él, todo había perdido su encanto.
Discutir y pelear era lo normal en todo momento. No había alegría que no destruyera. Repartía infelicidad aun sin querer hacerlo. Y lo peor de todo, era que a veces decía, que disfrutaba al hacerlo.