20 feb. 2012

Cuando los padres quedamos huérfanos de los hijos


Si, es verdad, hay un momento en nuestras vidas en que quedamos huérfanos de los hijos. 

Eso sucede cuando ellos se hacen independientes de nosotros. De pronto los vemos como árboles murmurantes y pájaros imprudentes. Crecieron sin pedir permiso a la vida, con una estridencia alegre y -a veces- con alardeada arrogancia.

No nos dimos cuenta que crecian todos los días, nos parece que lo hicieron de repente.


Una tarde se sientan en la terraza contigo y te dicen una frase con tal naturalidad que sientes que no puedes mas ponerle pañales.

¿Donde quedaron los camioncitos para jugar en la arena, las fiestecitas de cumpleaños con payasos, los juguetes preferidos?

El niño crece en un ritual de obediencia orgánica y desobediencia civil. Ahora estas allí, en la puerta de la discoteca, esperando no solo que crezca, sino que aparezca. Allí están muchos padres al volante, esperando que salgan zumbando sobre patines y cabellos largos y sueltos.

Allá están nuestros hijos, entre hamburguesas y refrescos en las esquinas, con el uniforme de su colegio e incomodas mochilas de moda en los hombros. Allí estamos, con los cabellos casi emblanquecidos.

Esos son los hijos que conseguimos generar y amar a pesar de los golpes de los vientos, de las cosechas, de las noticias y observando y aprendiendo con nuestros errores y aciertos. Principalmente con los errores que esperamos que no repitan.

Sin embargo, hay un periodo en que los padres van quedando un poco huérfanos de los propios hijos. Ya no los buscaremos mas de las puertas de las discotecas y de las fiestas.

Pasó el tiempo del piano, el ballet, el ingles, natación y el karate. Salieron del asiento de atrás y pasaron al volante de sus propias vidas. Deberíamos haber ido mas junto a su cama al anochecer, para oír su alma respirando conversaciones y confidencias entre las sabanas de la infancia.. Y a los adolescentes cubrecamas de aquellas piezas llenas de calcomanías, posters, agendas coloridas y discos ensordecedores. No los llevamos suficientemente al cine, a los juegos, no les dimos suficientes hamburguesas y bebidas, no les compramos todos los helados y ropas que nos hubiera gustado comprarles.

Ellos crecieron, sin que agotásemos con ellos todo nuestro afecto. Al principio fueron al campo o fueron a la playa entre discusiones, galletitas, congestionamiento, navidades, pascuas, piscinas y amigos. Si, había peleas dentro del auto, la pelea por la ventana, los pedidos de chicles y reclamos sin fin. Después llegó el tiempo en que viajar con los padres comenzó a ser un esfuerzo, un sufrimiento, pues era imposible dejar el grupo de amigos y primeros amorios. Los padres quedaban exiliados de los hijos. "Tenían la soledad que siempre desearon", pero de repente morían de nostalgia por aquellas "pestes."

Llega el momento en que solo nos resta quedar mirando desde lejos, torciendo y rezando mucho para que escojan bien en la búsqueda de la felicidad, y que la conquisten del modo mas completo posible. El secreto es esperar. En cualquier momento nos pueden dar nietos. El nieto es la hora del cariño ocioso y picardía no ejercida en los propios hijos, y que no puede morir con nosotros.

Por eso, los abuelos somos tan desmesurados y distribuimos tan incontrolable cariño. Los nietos son la última oportunidad que tenemos de reeditar nuestro afecto. 

Así somos, solo aprendemos a ser hijos después que somos padres, solo aprendemos a ser padres después que somos abuelos.



Fuente: amorpostales.com
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